MARÍA SANTÍSIMA DE GRACIA Y AMPARO
Día 25 de agosto de 1945. Diez días después de la rendición incondicional de Japón ante los aliados. El mundo empieza a soñar con la paz, después de la pesadilla de las dos últimas bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Alemania ya se rindió, y Hitler ya es historia. En España se asienta la dictadura de Franco, que acaba de remodelar su quinto gobierno. La posguerra que se inicia en Europa se sufre en España desde hace años, con muchos miedos, muchas necesidades y con una cartilla de racionamiento en cada casa. En Sevilla ocupa la sede arzobispal el cardenal Segura, quizás el último «príncipe de la iglesia».
Y entre las calles Jesús del Gran Poder y Trajano la actividad de la Compañía de Jesús atiende todos los ámbitos posibles de un tiempo de necesidades, de la liturgia a la atención de los niños del Vacie, de la formación de las élites a la formación de los más necesitados, de los Ejercicios Espirituales que un día se harán ante un Crucificado de tonalidades oscuras que ya va tomando forma, a las obras y trabajos que manchan la sotana del Padre Trenas; del alimento espiritual al pan y el plato necesario cada día para tanto niño que lo necesita.
Aquel sábado de agosto, el jesuita José Luis Díez firma con el escultor José R. Fernández Andes el contrato de realización de una Dolorosa para la Congregación de los Javieres. Todavía es una congregación mariana de las habituales en la Compañía de Jesús, Los Javieres, como también existían Estanislaos o Luises, en recuerdo de otros santos jesuitas, pero hay ya una idea latente de aspirar a convertirse en hermandad. El contrato, mecanografiado y con algún añadido de puño y letra, tiene la simplicidad y la concreción propia de un tiempo austero:
«El padre José Luis Diez s. J. como director de la Congregación de los Javieres y el escultor José R. Fernández Andes conciertan la hechura de una imagen de la Dolorosa para dicha congregación. Será esta imagen para vestir, su tamaño el natural, y tallada cabeza y manos en madera de la mejor calidad, el maniquí en madera corriente.
Tendrá que ser entregada el último día de noviembre del presente año, su precio será de cinco mil pesetas pagaderas mensualmente novecientas cincuentas, el primer plazo al firmar el presente contrato. Y para que conste firmamos el presente contrato por duplicado en Sevilla a 25 de agosto de 1945.
VB. En madera de ciprés, cedro o caoba«
Firmaba el contrato el ya reconocido escultor José Antonio Rodíguez Fernández-Andes, imaginero nacido en 1910 en el barrio de San Vicente de padre sevillano y madre cubana, origen de su poco habitual segundo apellido. Formado en la Escuela de Artes Aplicadas, se forma con maestros como Antonio Illanes y Antonio Castillo Lastrucci, formación a la que unió su estancia en Madrid junto a Lorenzo Coullaut Valera Precisamente en Madrid realizó muchos de sus contratos, repartidos por el Levante y el Norte, ya que compaginaba su residencia en la capital con el regreso a Sevilla por primavera. Amigo del imaginero Juan Abascal Fuentes, su taller estaba en la calle Arrayán, curiosamente un lugar muy cercano del templo que sería, con el tiempo, sede de la cofradía.
El plazo estipulado es de tres meses, muy habitual en este tipo de realizaciones, se cumplió sin problemas. El imaginero ya era reconocido en la ciudad por haber realizado imágenes como la Virgen de la Caridad del Baratillo, la Virgen de las Angustias y el Cristo de la Salud de los Gitanos, o la Virgen de Gracia y Esperanza de San Roque. En aquel mismo año de 1945 realizó la Virgen de la Piedad del Baratillo, imagen estéticamente muy cercana a la Dolorosa que entregaría a la congregación de los Javieres, lo que confirma su cercanía en el tiempo. Durante años se apuntó la posible talla de la Virgen de Gracia y Amparo en el año 1936, con un supuesto destino a la hermandad de San Roque, una teoría sin constatación documental alguna ni justificación posible: ningún escultor mantiene olvidada en su taller una obra en unos tiempos en los que eran necesarias muchas imágenes por la necesaria reposición de las obras quemadas durante la Guerra Civil. Otra teoría que apuntaba al nombre de Gracia grabado en su candelero tampoco ha podido nunca ser justificada ni documentada. Una teoría confusa repetidamente copiada amenaza por convertirse en verdad.
La imagen se entregó en tiempo y forma por Fernández-Andes. Su bendición se realizó el 20 de enero de 1946, según se anunció en la prensa de aquellos días, que incluía informaciones sobre la reorganización del mapa de Europa tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y sobre la primera reunión del Consejo de Seguridad de la naciente Organización de las Naciones Unidas.
En la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el domingo 20 de enero, día de San Sebastián, se bendecia una imagen encargada por la Congregación de los Javieres, todavía una congregación jesuita, pero en la que ya había deseos de transformación en una corporación penitencial:
«El domingo por la tarde, en este templo, a las seis y media, fue bendecida la imagen de Nuestra Señora de la Gracia y el Amparo, oficiando el acto el reverendo padre Manuel Fernández de Castro S.J. Primeramente el director de los Javieres reverendo padre José Luis Diez, después de las preces de la Congregación, pronunció unas palabras sobre el acto, dándose después la bendición con el Santísimo. Acto seguido se nombró la Junta de la Congregación de San Francisco Javier, haciéndose los nombramientos de oficiales menores. Como final, los nuevos elegidos prestaron juramento, cantándose solemne la Salve«.
Desde el primer momento formaría parte de los cultos junto al Crucificado de las Almas, conformando la iconografía del Stabat Mater. Ubicada habitualmente en un retablo lateral de la iglesia del Sagrado Corazón, con la definitiva aprobación de las Reglas penitenciales en 1955 se convertiría en la Titular de la hermandad.
En el año 1957, año de la primera salida procesional de la hermandad sólo con el Crucificado, la imagen permanecería en su retablo durante la estación de penitencia. Fueron años en los que la Dolorosa tenía una especial «procesión» con su traslado anual a algún convento de clausura de la zona, las franciscanas de Santa Clara, las capuchinas de Santa Rosalía, las carmelitas de Santa Ana, las cistercienses de San Clemente… La imagen se portaba en rosario de la Aurora a estos recintos, un ambiente conventual que se convirtió en santo y seña de la corporación durante algunos años. De hecho, en algunas de las fotografías de la época, en las que la Virgen aparece ataviada con las habituales joyas de la época y con algunos enseres que procedían de préstamos, el taller fotográfico de Fernand llegó a realizar composiciones de la Dolorosa con el presbiterio y las rejas conventuales de la iglesia de las capuchinas de Santa Rosalía, en la calle Cardenal Spínola.
El año 1965 fue el año de las Misiones Generales. El ambiente del Concilio Vaticano Il motivó en el cardenal Bueno Monreal la organización de una Santa Misión. «Dios quiere hablarte, óyelo» era el lema del cartel. Las imágenes de las cofradías sevillanas se llevarían a diferentes centros «misionales» alejados del centro de la ciudad o de los habituales lugares de culto. Siguiendo las indicaciones del Arzobispado y con una estética similar a la de otras hermandades, María Santísima de Gracia y Amparo se trasladó al barrio de los Pajaritos como «misionera» , según indicaba una estampa de la época.
La Virgen se trasladó en andas, a hombros de sus cofrades, vestida de hebrea y con dos de los ángeles del paso de Cristo, obra de Rafael Barbero Medina, como únicos elementos decorativos junto a las flores. La imagen fue portada hasta la parroquia de Nuestra Señora de la Candelaria, con un numeroso público como compañía, especialmente público infantil en las calles del barrio de los Pajaritos.
Al año siguiente, María Santísima de Gracia Amparo cambió de ubicación en el templo de los jesuitas, ya que pasó de un altar lateral a la capilla situada en la entrada del templo, centro de gran devoción en la zona por ser el recinto en el que se encuentran los restos del Venerable Padre Tarín.
El año 1969 fue año de grandes cambios para el mundo. Nació un nuevo tiempo con la llegada del hombre a la Luna, con la velocidad del avión Concorde, con la publicación del disco Abbey Road de los Beatles o con la celebración del mítico concierto de Woodstock. Juan Carlos I era designado futuro jefe del Estado español. El mundo cambiaba y la hermandad cambiaba la iconografía de su paso de Cristo con la incorporación de María Santísima de Gracia y Amparo a los pies del Crucificado. Para ello se suprimió el candelabro de guardabrisas de la parte central derecha, para que no dificultara la perspectiva de la imagen. Se seguía así la iconografía del Stabat Mater, María a los pies de la cruz en solitario, una composición que seguía el conocido Llanto franciscano de Fray Jacopone de Todi, una obra del siglo XII que se iniciaba con estas palabras:
«Stabat mater dolorosa / iuxta crucen lacrimosa / dum pedebat Filius / cuius animan gementem…»
Pronto se convirtió en la estampa que identificó a la cofradía, apareciendo según los años vestida de hebrea sobre el paso o con elementos de la realeza, con corona, saya bordada en rojo y toca de sobremanto.
El obligado cambio de sede de la hermandad motivó el traslado a hombros de sus imágenes titulares a la parroquia de Omnium Sanctorum, donde se instalarían en un altar provisional en la nave de la epístola, traslado que se llevó a cabo en la tarde del 5 de marzo de 1977.
Se iniciaba una nueva etapa, cargada de incertidumbres y de dificultades, en un barrio nuevo con grandes devociones asentadas y con escasez de medios. Como forma de adaptación al carácter de la zona se gestó la idea de crear un paso de palio para María Santísima de Gracia y Amparo, proyecto que se culminaría con grandes esfuerzos en los primeros meses de 1980.
Era el año del 25 aniversario de la fundación de la cofradía, lo que permitió incluso una salida extraordinaria a la catedral con el nuevo paso. El 14 de marzo, don Antonio Pérez Delgado, párroco de Omnium Sanctorum y director espiritual de la hermandad, bendecía el nuevo paso, un conjunto «precario» ya que estaba rematado por numerosas piezas prestadas por hermandades como la Candelaria, la Soledad de San Buenaventura, el Buen Fin o Pasión. Fue año de doble salida procesional, por la referida procesión extraordinaria, con misa solemne en el trascoro de la Catedral presidido por el paso de palio de la Virgen de Gracia y Amparo.
De las escasas intervenciones documentadas sobre la imagen, consta la realización de un nuevo candelero a la imagen por Jesús Santos Calero en el año 1981, candelero que le daba una mayor inclinación a la talla original. En los años siguientes, con muchas dificultades se iría completando los enseres del paso de palio.
El año 1992 fue año de cambios importantes en la historia de la ciudad, Exposición Universal que cambió su fisonomía, y año importante en la historia de la Dolorosa de la hermandad. Las pérdidas de policromía y las deficiencias de conservación de la imagen motivaron una intervención por el joven escultor Manuel Ramos Corona, con taller en la Alameda de Hércules, con un resultado final que trajo consigo algunas marcadas controversias por el alcance de la intervención.
El escultor argumentó la necesidad de la retirada de la capa de estuco que recubría el rostro de María Santísima de Gracia y Amparo por su mal estado, algo que conllevaba partir de la talla en madera original, aplicando una nueva policromía, nuevas pestañas y nuevo juego de lágrimas. Sin duda una intervención que iba más allá del concepto de restauración – conservación propio de nuestra época, y que mostró algunas diferencias en el rostro de la imagen con respecto a su estética anterior: una mayor definición de las cejas, estilización del rostro e incluso la definición del hoyuelo de la barbilla, elemento que sí aparecía en algunas fotos de la imagen original, lo que podría justificarse en algún pequeño añadido no documentado a la imagen en fecha indeterminada.
La imagen quedaría definida estéticamente para los años siguientes, ya que la última intervención de Esperanza Fernández simplemente sería una simple limpieza sin más alcance. De esta forma llega María Santísima de Gracia y Amparo a nuestros días, como la madera tallada por Fernández Andes a la que Ramos Corona aplicó la policromía actual. Una Dolorosa que ha ido alcanzando progresivamente su definición estética en su vestimenta y ornato, consiguiendo un perfecto complemento en la figura de San Juan Evangelista, la obra atribuida a Montes de Oca, que con tan feliz resultado la acompaña en el paso de palio en los últimos años. Una iconografía, la Virgen que toma la mano de San Juan en su camino al Calvario, que ya tuvieron palios como el del Mayor Dolor y Traspaso de la hermandad del Gran Poder, según se puede observar en antiguos grabados del siglo XIX.
Desde el 2021, en el 75 aniversario de su bendición, la hermandad afronta el gran proyecto de terminación definitiva de su palio, con diseño de Sánchez de los Reyes y ejecución del taller de Francisco Carrera. Un trono y un conjunto adecuado y de diseño definitivamente unitario para una Dolorosa que nació con la corporación, y que siempre fue centro devocional de sus hermanos a los pies o junto al Crucificado. Un rostro eternamente joven, como la juvenil belleza de la Piedad del Vaticano que Miguel justificaba con estas palabras:
«Las personas enamoradas de Dios no envejecen nunca. La madre tenía que ser joven, más joven que el Hijo, pare demostrarse eternamente Virgen; mientras que el Hijo, incorporado a nuestra naturaleza humana, debía aparecer como otro hombre cualquiera en sus despojos mortales.»
Así sea. Nuestra Gracia y nuestro Amparo.
Manuel Jesús Roldán Salgueiro.








