SANTÍSIMO CRISTO DE LAS ALMAS
Una talla pensada para presidir ejercicios espirituales. O quizás había ya intenciones de procesión. Con un modelo a mejorar ya presente en los Salesianos de Triana. Con un escultor peculiar que sigue siendo un perfecto desconocido, aunque llegara a alcanzar gran reconocimiento en otros lugares. Con unas circunstancias de realización bien singulares, se prolongaron sus pagos y no se bendijo hasta dos años después. Con una reforma temprana para su adaptación a las formas y uso de la Semana Santa. Con inspiración en el barroco sevillano, pero también con detalles expresionistas propias de otros tiempos y otros artistas lejanos. Y hasta con pequeñas leyendas todavía inexplicadas sobre la oscuridad de su policromía. Todo un cúmulo de detalles que convierten al Cristo de las Almas en una imagen especialmente singular, inclasificable en mucho de los manuales y estudios al uso, especialmente por la falta de muchos datos concretos en torno a sus orígenes.
Fue el Padre José Luis Díez, el responsable de encargar al escultor José Luís Pires Azcárraga, la talla del Cristo. El contrato se firma el 11 de abril de 1945, por un precio de 6.500 pesetas. Un mes en el que los periódicos estaban llenos de noticias que alumbran el fin de la Segunda Guerra Mundial que asolaba Europa, un mes en el que se volvía a descubrir la muerte en directo en campos de concentración nazis recién liberados, como el de Dachau, un mes que conocería la muerte del presidente estadounidense Roosevelt, el linchamiento por los partisanos del dictador italiano Benito Mussolini y el sucidio del terror que asoló a Europa durante décadas, Adolf Hitler.
Múltiples caras de la muerte en el encargo de un Crucificado de nombre cargado de contenido teológico, inspirado en un texto del Evangelio de San Mateo del que repitió y propagó el propio Ignacio de Loyola como santo y seña de la Compañía de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?«. Almas sería su advocación, cargada de espiritualidad jesuita en una ciudad que tuvo tallas de Cristo crucificado encargadas por la Compañía que llegan a nuestros días: El Cristo de la Buena Muerte, hoy en la hermandad de los Estudiantes, o el Crucificado del Desamparo, hoy en la hermandad del Cerro.
La imagen se realizaría en madera de pino de Flandes, eran tiempos difíciles y de racionamiento económico para pensar en la cotizada madera de cedro, y tendría una altura final de 1 metro y 68 centímetros. La talla vino a ser una nueva interpretación, notablemente mejorada tanto en talla como en policromía, del crucificado que él mismo Pires había realizado para la iglesia de los Salesianos de Triana.
«Para la construcción de una imagen del Divino Salvador Crucificado y traspasado de madera de Flandes policromada igual al s. Bosco de Triana. Entre los abajo firmantes, el Rvd. Padre José Luis S.J. de la Compañía de Jesús de esta localidad y el escultor Sr. Don José Luis Pires con domicilio en la calle Juan de Cotarelo n° 20 acuerdan lo siguiente:
El R. P. José Luis Díez encarga al Señor Pires la construcción del Cristo arriba mencionado en la actitud representada en el modelo, debiendo ser mejorado en lo referente a la anatomía y acabamiento. El importe de dicho trabajo se acuerda en SEIS MIL Y QUINIENTAS pesetas. El Sr Pires se compromete a realizar el trabajo en el plazo de tres meses a contar a partir de la fecha del presente documento. Formas de pago serán las siguientes: En dos partes, la primera de DOS MIL QUINIENTAS pesetas al hacer el encargo, y la última, de CUATRO MIL pesetas a la entrega de la misma a completa satisfacción, a descontar en el arriendo del local de la calle Almonacid n° 2. Y para que conste, lo firman por duplicado y en conformidad en Sevilla, a once de
Abril de Mil novecientos cuarenta y cinco.»
El escultor empleó como modelo a un miembro de la Congregación de San Francisco Javier, Francisco Montero, especialmente para interpretar la colocación de las piernas sobre la cruz.
Los plazos no se cumplieron y hubo que esperar al año 1947 para que se bendijera definitivamente la imagen por el padre Castillo en la iglesia de los jesuitas del Sagrado Corazón. El autor del primer misterio de la hermandad de San Gonzalo llegó a manifestar su contrariedad por el retraso de los pagos en una pequeña nota manuscrita, con mezcla de humor y de ironía, que introduciría dentro de la talla en un pequeño bote de las medicinas que tomaba para sus problemas de estómago. Un recurso propio de los maestros del Barroco pasado por las circunstancias de la España de los años cuarenta.
El resultado final fue una talla de fuerte personalidad, inspirada en los modelos del Barroco sevillano, de canon alargado en la anatomía de Cristo y marcada expresividad en su rostro, donde posiblemente se concentra lo mejor de la imagen. Pires diseñó una imagen de Cristo muerto sobre tres clavos, con una boca entreabierta que permite la contemplación de sus dientes tallados, ojos con rigidez posterior a la muerte, sudario de tela anudado en moñas laterales, larga cabellera y corona de espinas tallada sobrepuesta sobre sus sienes. Con una característica policromía oscura, pero matizada y llena de detalles en la herida del costado y en los regueros de sangre, uno de sus elementos más característicos es la forzada colocación de sus pies atravesados por un clavo sobre la madera, una naturalista interpretación que rompe con el idealismo tradicional de la imaginería sevillana, recordando las formas dramáticas del Expresionismo o incluso a un peculiar pintor alemán, Matthias Grünewald.
Colocado inicialmente en el altar de la Congregación, la posterior evolución hacia una hermandad penitencial conllevó una intervención en la imagen por parte del imaginero Francisco Espinosa de los Monteros, ya en el año 1956, con las reglas aprobadas, mientras se trabajaba en la talla del monumental paso por Guzmán Bejarano y mientras se organizaban las formas del primer cortejo procesional. La intervención fue recomendada por la comisión de Arte Sacro, integrada por entonces por Hernández Díaz y José Sebastián Bandarán. Espinosa de los Monteros, restaurador del Museo y Académico de Bellas Artes, realizó una nueva cruz arbórea para ser adaptada al paso y retalló parte de los muslos de la imagen, dándoles una peculiar delgadez que originalmente no debieron tener.
En 1957 llegaría la primera salida procesional (hoy las fotos nos permiten ver que su cruz original tenía los brazos más largos que la actual, adaptada a la iglesia de Omnium Sanctorum) en el paso de Guzmán Bejarano, que llegó a proyectarse con faroles, aunque finalmente se optó por los candelabros de guardabrisa.
Desde 1969 hasta 1979 procesionaría con la imagen de María Santísima de Gracia y Amparo bajo sus pies, formando la iconografía del Stabat Mater, curiosamente una composición que apenas se mantuvo durante diez años (la Virgen salió bajo palio ya en 1980) pero que perduró como imagen de la hermandad durante mucho tiempo.
El 21 de Febrero de 1989, la talla sufrió importantes daños y desperfectos, con motivo de un robo a la Iglesia de Omnium Sanctorum, los asaltantes causaron daños en un hombro de la imagen (estaba situada a ras de suelo por la celebración de su besapiés) y ruptura del ensamblaje del hombro con el brazo.
Tras ser estudiada por Dubé de Luque y otros imagineros, se decidió que no procesionara en Semana Santa ante su inminencia y la imposibilidad de garantizar su estabilidad. Su lugar sería ocupado en el cortejo por cuatro nazarenos con los cirios apagados.
Sería el escultor Jesús Santos Calero el encargado de realizar una profunda restauración que incluiría la fijación de los brazos por espigas de madera de pino de Flandes, la sustitución de algún elemento metálico en el interior de los muslos y el resanado general.
También se realizaría una nueva cruz arbórea por Guzmán Bejarano, completando la intervención en 1990.
La aparición de unas leves grietas en el pecho de la imagen motivó una nueva restauración de la talla entre noviembre de 1997 y febrero de 1998. El estudio con rayos infrarrojos detectó la apertura de varios ensambles y otras deficiencias que serían subsanadas en la intervención.
Miñarro reparó también «el levantamiento casi total de la policromía, que ofrecía varios repintes que tapaban la encarnadura original debido al excesivo número de piezas que componían la imagen, con las consiguientes holguras (…) Asimismo, influyó también la basculación del patíbulum, brazo corto de la cruz, que fue subsanado«.
Miñarro, aparte de solventar los problemas de los ensambles, limpió y consolidó su policromía, eliminando la negritud acumulada en ojos y dientes. También añadió una nueva corona de espinas ante el mal estado de la original, corona leñosa en la que colocó en su extremo una pequeña cabecilla de aspid con dos rubíes como ojos, una firma propia del autor. Fue en esta restauración cuando se encontró el mencionado frasco de farmacia que había introducido el autor de la talla durante su realización.
Recientemente en 2025 el Taller Leal Pérez realizó un tratamiento de carácter genérico, con una primera fase de profunda consolidación estructural e importante fijación de la policromía de manera general. Además se procedió con una controlada limpieza, reconstrucción superficial y reintegración de su policromía.
Pura inspiración jesuita, en concepto y en advocación que se mantiene en el nuevo siglo.
El hombre y el alma. El Dios que se hizo hombre para salvar almas. Una vocación de eternidad.
Manuel Jesús Roldán Salgueiro.














